Agua y censura

(Por: Luis García). El agua es un elemento indispensable para la vida. No por casualidad, los divulgadores del extinto INOS (Instituto Nacional de Obras Sanitarias) acuñaron el lema “El agua es vida, no la malgaste”. Según los biólogos, el cuerpo humano está conformado por agua en un 80% y es el agua uno de los cuatro elementos –junto al aire, la tierra y el fuego- descritos como fundamentales por los filósofos de la antigüedad.

Resulta pues imposible erradicar al agua, no sólo de nuestra vida cotidiana, sino de nuestra manera de pensar, de nuestra idiosincrasia y nuestra cultura. Por cualquier incidencia el agua entra en las conversaciones, desde las más frívolas hasta las más densas y profundas. En tal sentido, los ejemplos son incontables, pero, desde luego apenas señalaremos unos pocos para ilustrar la cuestión:

En presencia de alguien tranquilo pero peligroso, el refranero popular prescribe: “del agua mansa líbrame Dios que de la brava me libro yo. Y también de esa misma persona se dice que es como el “aguacerito blanco, que no moja pero empapa”.

Como norma de prudencia, la sabiduría popular sugiere que “agua que no has de beber, déjala correr”, o en relación a la fortuna fácil el refranero sentencia que “lo que por agua viene, por agua se va”. O ante la indefinición y la duda solemos indicar que estamos “entre dos aguas”

Como estímulo a la laboriosidad suele decirse que “quien madruga coge agua clara” y hace más de 26 siglos, luego de meditarlo mucho, un filósofo presocrático afirmó que “nunca nos bañamos dos veces con la misma agua del río”.. Mucho después, la generosidad criolla convino en que “un vaso de agua no se le niega a nadie”.

La cultura del agua y su lenguaje está presente en la ingenuidad y la fantasía infantil cuando refiere aquella adivinanza: “agua pasa por mi casa, cate de mi corazón”, o en la literatura contemporánea cuando nos topamos con la obra de Herrera Luque “La casa del pez que escupe el agua”, la mexicana “Como agua para chocolate”, o cuando el cine reseña la vida del poeta Cruz Salmerón Acosta en el film “La Casa de Agua”.

La tradición navideña incorpora este elemento en villancicos como el célebre “Por el agua que brotaba”

En síntesis, la presencia del compuesto químico H2O, hoy por hoy tan invadido por elementos extraños que distorsionan sus virtudes y esencia, es irremplazable. ¿Cómo evitar contar a los amigos que nos echaron “un balde de agua fría” cuando alguien nos dé con un palmo de narices y quedemos como la guayabera? ¿Cómo explicar a los sacerdotes que no pueden asperjar a sus feligreses ni bendecir el agua el día de Pascua de Resurrección ante el temor de que este líquido pueda hacerles daño?….No sé.

Sin embargo, en nuestro país, donde lo extraordinario se hace cotidiano, se le ha ocurrido a una funcionaria del Estado (tampoco sé si del gobierno) que proscribamos al agua de nuestro lenguaje; que no la nombremos ni en radio, ni en prensa ni en televisión. Todo ello en principio, pues tal vez el mencionar el agua en reuniones públicas o en fiestas familiares puede significar un indicio de culpabilidad.

No sabemos si un próximo paso pudiera ser prohibir bañarnos o cepillarnos los dientes –al menos con agua- y mucho menos lavar el carro o regar las matas. El sólo musitar la palabra en voz baja podría hacernos sospechosos de conspiración. El término tal vez sea ubicado entre las llamadas malas palabras o expresiones soeces, hasta que en cualquier momento, en presencia de una visita, un imprudente muchacho nos grite: “Tengo sed, dame un vaso de…” y prestos tengamos que taparle la boca, no sea cosa que, al día siguiente, nos llegue una citación de la fiscalía.

Vía: Prensa CNP Caracas

Fuente: Prensa CPCV

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