Opinión: “Morir por la libertad de expresión”

Lucia Raynero

Iraynero@ucab.edu.ve

El 28 de Abril de 1772 dos hombres esperaban en estado de completa agonía y desolación a que el verdugo ejecutara la sentencia que pesaba sobre ellos: primero cortarles, a cada uno, la mano derecha y luego decapitarlos.

El lugar donde se llevaría a acabo la terrible ejecución seria la fortaleza de Kastellet en Copenhague. Los condenados no eran reos comunes, pues hasta hacia muy poco habían servido en la corte del esquizofrénico rey Christian VII de Dinamarca.

El más joven, Enevold Brandt, sería el primero en sufrir el castigo. Inmediatamente después le tocaría el turno a Johann Friedrich Struensee quien había sido el primer medico del rey, luego consejero real y, más tarde consejero privado. Con este último cargo y con el hecho de que el monarca era escasamente responsable de sus actos debido a su enfermedad, Struensee se convirtió en el verdadero poder detrás del trono. Por 16 meses quiso transformar el Estado danés y ponerlo a tono con la modernidad ilustrada. Tomó importantes medidas como abolir la pena capital por robo y el empleo de la tortura en los procesos judiciales. Entre Marzo de 1771 y Enero de 1772 expidió no menos de 1.069 decretos lo que demostraba su obsesión y, al mismo tiempo, en la corte se consideraba imprudente su extraña manía reformista.

Pero Struensee sobresaldrá en Septiembre de 1771, sobre todo, por una reforma de gran impacto y trascendencia: El haber sido el primer ministro que sancionó oficialmente, mediante decreto la libertad de imprenta ( hoy conocida, con un termino mas extenso, como libertad de expresión ). Si bien Inglaterra y los Países Bajos gozaban de una amplia libertad de expresión, nunca en esos países había sido declarada oficialmente. Ya en 1776 Suecia la había decretado, pero limitándola por una cláusula que especificaba que esa libertad se exceptuaba para los asuntos religiosos. Por esta razón, no puede considerarse a Suecia como el primer país que sancionó tan importante ley sino Dinamarca.

Una vigente resolución Stuensee asumió, erróneamente, que los escritores de entonces estarían agradecidos por permitirles la libertad de escribir sin ninguna traba de la Iglesia y el trono. Sin embargo, no fue así. Lo que siguió al mencionado decreto fue una avalancha de volantes, libelos, panfletos y libros contra él, por una razón muy sencilla: él era el poder de Dinamarca y, por lo tanto, era el blanco natural de los ataques políticos. Éstos fueron de tal magnitud, que al mes de la expedición del decreto Struensee decidió asumir ciertos controles sobre la prensa, como el de requerir que el impresor y el autor debían escribir sus nombres o si la obra aparecía como anónima el impresor debía conocer la identidad del autor para que así el gobierno pudiera asegurarse la responsabilidad ante los casos de difamación. A pesar de estos intentos de atajar la marea, el mal estaba hecho y Struensee, sin saberlo, se había condenado a muerte.

La prensa lo atacó por extranjero (era alemán),por se amante de la reina Carolina Matilda, por gobernar de manera absoluta a través de decretos ( abolió el Consejo Real ) y por propagar ¨el ateísmo, el deísmo, el naturalismo, el spinozismo ( aquellos que seguían las ideas del filósofo judío holandés Baruch Spinoza) y el materialismo tal como se asentaba en los impresos de aquella época.

La campaña pertinaz de la prensa contra Struensee hizo efecto, pues enveneno a la opinión publica y preparo su caída. Una conspiración de palacio aceleró su desgracia en cuestión de pocas semanas. Fue arrestado (junto su amigo Brandt y la reina Carolina Matilda) y se le imputó el crimen de lesa majestad por conspirar contra la vida del rey y por usurpar el poder en clara violación de la Ley Real ( Kongelov). La sentencia fue la pena de muerte que se cumplió aquella primavera de 1772, cuando solo tenía 34 años de edad.

Fuente: El Nacional. Opinión 8.10 de Marzo de 2011

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